Era preciosa. Cuerpo bien proporcionado, piernas perfectamente torneadas, suaves hombros redondeados sobre los que caía su melenita rubia, natural. Tenia unos preciosos ojos redondos, grandes, como si tuviera una perpetua expresión de asombro, estaban sombreados por un rebelde flequillo que se empeña en asomarse sobre ellos para ver que escondían.
Bajaba la calle a todo gas, montada sobre su moto azulada, con una mirada de desafío y con los tirantes de su mínima camiseta deslizándose continuamente sobre los hombros, tenia un punto macarra que me hacia continuamente sonreír cada vez que la veía.Iba sin casco y los dedos del viento se entrecruzaban juguetones entre su suave cabello.
Yo la veía bajar todas las mañanas, sentada debajo de la sombrilla del café mientras tomaba el primero del día. Me tenía enganchada. Cada día esperaba con ansiedad que tras el recodo de la calle apareciera de pronto su figura para verla aunque fuera unos minutos. Tomando un sorbo de mi despertador diario suspiré con resignación, la rubia aparición se había vuelto una obsesión para mí. Ahora no podía mirarla sin preocuparme por no llevar al menos un casco, con el miedo de que pudiera derrapar en la siguiente curva y caer al asfalto, mirando hacia el otro lado de la calle por si veía aparecer algún otro conductor que pudiera poner en peligro a mi rubia obsesión. Bueno, me dije pensando casi en alto, esa nunca será para ti así que deja de obsesionarte, total solo necesitarías agregar 20 años a sus jóvenes tres.
En el fondo, me hubiera gustado tener una hija así, con el desparpajo de esos tres años, montada descaradamente sobre su moto y mirando al mundo con el descaro que solo los ojos de un niño tienen.

